Quieres Ser Comando Anfibio? (Parte 3)

… Viene de Parte 2

El curso se llamaba Félix Rosas Zevallos, 1984, en honor a un Coanf caído en acción en la lucha contra el terrorismo. Lo elegimos a sugerencia de los instructores y hubo consenso total. Nos mandamos a hacer un banderín con el nombre del curso, el cual debía ser izado todos los días a las ocho de la mañana para formación de la escuela.

Nos preparábamos todos los días para ir a la escuela de buceo en la base naval del Callao, en la Escuela de Salvamento. Por ende, andábamos todo el día en la piscina, aunque a las justas se le podía llamar piscina, porque tenía solo de agua hasta las rodillas y podríamos mejor caminar sobre ella. A veces era mejor el mar, que aunque era ya casi invierno, por lo menos podíamos flotar. También pasábamos días enteros con el uniforme mojado ya que solo teníamos dos mudas de ropa. Al mandarnos al agua por algún castigo, nos cambiábamos por ropa seca. Al rato, por otro castigo, nos íbamos de nuevo al agua, entonces ya era cambiarse ropa mojada por ropa húmeda o recién exprimida. Aun no sé cómo ni siquiera estornudábamos, ni contraíamos el más mínimo resfrío. Quizás sería que ya estábamos curtidos de tanta agua.

Otro evento que nos causaba pavor era la llamada “Acuatizacion”, que consistía en llevarnos mar adentro en los botes, saltar al agua y flotar de una a dos horas en pleno invierno, a veces a medianoche, con el único sentido de redimir nuestros pecados por algún error cometido durante el día, y la absolución que recibíamos era acuatizándonos. Cuando oíamos la frase “cambiarse con ropa de mar” ya sabíamos lo que nos esperaba. Sin embargo, en plena acuatizacion teníamos dos posibilidades de sufrir menos: o hacernos el “muertito” (que eso solo nos lo creíamos nosotros), o chillar como locas apenas nos empezaban a ahogar los instructores. La cosa era que de alguna manera u otra, terminábamos con un par de litros de agua salada en la panza, y los instructores no paraban hasta que todos estuviéramos semi-ahogados. Si pudieran haber llevado una balanza en los botes y habernos pesado antes de salir del mar para certificar que habíamos subido de peso, lo habrían hecho, lo juro.

EL GRAN ESCAPE
Una de esas pocas noches que descansábamos en nuestras camas, (aclaro esto porque casi nunca las usábamos o las usábamos poco), se apareció el instructor Samuel Puch. Ingreso a la cuadra y grito: ¡Cambiarse con ropa de mar, tienen cinco minutos, los espero en la playa!!

De un salto nos pusimos de pie, lamentando nuestra suerte, y a los tres minutos ya estábamos sacando los botes, inflándolos para hacernos a la mar. Hacía un frio de cojones; todos estábamos tiritando antes de entrar al agua.

A la voz de “Listos para atacar a la mar” por el instructor, nos pusimos en línea mirando el extenso, frio y oscuro océano. De pronto salió uno de nuestros compañeros de filas y exclamo: “Yo en este momento me retiro de la escuela, dimito, ya esta bueno ya, me voy……”

Pasaron unos segundos y Puch de un solo grito nos ordeno que lo llevásemos donde él, porque  era bien sabido que nadie se iba así nomas del curso sin tener su “despedida”. Como era de esperarse, nuestro compañero partió a la carrera, escapándose. Nosotros íbamos detrás de él, prometiéndole que no íbamos a hacer nada, puesto que era de nuestra promoción. Pero nunca nos escucho y fue a parar a la garita del oficial de guardia, el mismo que llamo por teléfono al Comandante de guardia para decirle el alboroto que se había armado con un hombre huido de su curso y refugiado en su garita. A esas horas (que serian como las once de la noche), el Cmdt. de apellido Sánchez Murrugarra mando a llamar al instructor y los alumnos a su camareta, haciendo la siguiente pregunta:

“Puch, por que tienes que entrar a esta hora al mar? Está en la programación del curso, o es una cortesía tuya para con tus alumnos?”

“Este evento consta en la programación, Señor Cmdte.,” respondió Samuel Puch, “Yo sigo mis órdenes.” Entonces el Cmdte. le respondió: “Terminemos con este jaleo ya, y dale una oportunidad a este muchacho y que regrese al curso….”

“Al curso? Qué curso, Cmdte.,” interrumpió nuestro compañero, “Yo lo que quiero es irme de la escuela. No quiero oportunidad, nada,” continuo, casi implorándole. El oficial que recién se enteraba del problema le dijo a Puch entonces que lo deje en paz, y que si se quería retirar de la escuela que no lo obligue.

Aclarado el asunto, regresamos a la orilla del mar con Puch echando chispas por la vergüenza pasada con el oficial. Peor no podría estar la situación; nos esperaba una noche larga…

“Okay,” dijo Puch, “A partir de este momento, a nadie se le obligara a estar en este curso. El que quiera irse que lo diga en este momento y se irá a la cuadra a descansar; ya mañana se verá su caso en las oficinas.” Nos miramos unos a otros; hubo algunos segundos de incertidumbre. Mejor oferta no podía haber: irse de la escuela “sin despedida”, ósea sin ahogamientos ni castigos extremos? Este es el momento!!! Me dije para mis adentros. Levante la mano y le informe al instructor que yo me acogía a esa bondad y que me quería retirar del curso. No le quedo de otra más que mantener su palabra, ósea mandarme a la cuadra sin que me rompa siquiera una uña.

Llegue a la cuadra y me encontré con el otro compañero que se había ido minutos antes y se sorprendió de verme ahí con él. “Ya está,” le dije, “Me tenían hasta las narices con este curso. Nunca salimos a la calle, somos tratados como perros y esto me ha cansado,” confesé. Además por esas fechas tenía una novia que nunca veía, y eso era lo que más me irritaba.

Al día siguiente, la escuela había amanecido dispersa. Todos se le habían rebelado a Puch. Habían hecho resistencia pasiva y no pintaba bien la cosa. Llegaron el resto de los instructores de su día franco y evaluaron la situación. A mí me perdonaron la osadía de irme con ventajas, pero a nuestro compañero huido le bajaron el pulgar y no regreso más. Fui llevado a la oficina a explicar mi conducta. Les dije que hace muchos días que no veía a mi familia y que necesitaba salir unos días etc.; excusas múltiples para justificarme. Al final, luego de unos minutos de deliberación entre los instructores, decidieron darme unos días libres, porque según ellos, habían visto mis notas y no estaba tan mal que digamos, por lo cual si merecía un descanso. Aliviado, me retire con ese permiso entonces a disfrutar de mi anhelado descanso.

… Continúa Parte 4

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