Quieres Ser Comando Anfibio? (Parte 2)

… Viene de Parte 1

Ya en Ancón, al norte de Lima, en la base de los infantes, empezó otra etapa de adoctrinamiento. Hice nuevos amigos, enrumbe el camino, y me propuse terminar como se debe los tres años que dura la escuela, la mitad de ellos en práctica en las unidades operativas.

Pasaron dos años y entre los alumnos oímos que se ofrecían vacantes para ingresar a la Escuela de Comandos Anfibios. Estos eran vistos en la base como la elite de la Infantería. Los veíamos correr siempre cantando, haciendo notar su presencia en todo momento. Eran hombres recios, de gesto adusto y en su mayoría feos, pero cuando se ponían esa prenda de cabeza que los diferenciaba del resto, la  Boina Verde, parecía que se transformaban y dejaban de ser “feos”, más bien imponían respeto, daban la impresión de tener “poder”…y era mejor evitarlos si no querías que te hicieran polvo con un par de castigos físicos si por desgracia te olvidabas de saludarlos o mirarlos mal, según el criterio de ellos.

“Y por que no lo intentamos?”  Nos dijimos un gran grupo de alumnos, “Postulemos donde los comandos y vamos a ver que pasa, no?”

Después de mi intento fallido en Demolición Submarina, tenía una espina clavada, no donde ustedes se imaginan, pero si en mi mente. Le di vueltas al asunto y me decidí a dar los exámenes de ingreso. Joder Boris, otra vez metiéndote en camisa de once varas, dije para mis adentros. Pero también me hallaba animado porque varios de mis amigos más cercanos de la escuela de infantería iban conmigo, así que decidí seguir adelante con mi decisión. Conseguimos los permisos de nuestras unidades, y ahí nos encontramos una mañana de febrero, al frente de la compañía de comandos, listos para dar los exámenes.

Creo recordar que nos presentamos cerca de sesenta aspirantes, algunos con más grado que nosotros los alumnos; eran ya sub oficiales con varios años como infantes. Existe la idea de que los hombres de las unidades especiales, por el tipo de entrenamiento que tienen, en su mayoría son de provincias. Al ser criados en el campo y trabajar arduamente desde la niñez, son capaces de soportar muchas dificultades. Así con esa desventaja para mi, de no ser del interior del país, pude contrarrestar eso, con mi infancia en el distrito de Chorrillos, que tiene playas y que desde los diez años ya sabía lo que era nadar en el mar, (claro, en verano).

También supuse que tenía en mi sangre estirpe guerrera, al ser bisnieto de Doña Sixta Cáceres, nieta directa de Don Andrés Avelino Cáceres, ayacuchana, del pueblo de Huanta y que alguna vez dono prendas del gran Mariscal al Museo Militar y fue reconocida por su municipio en Chosica, como hija predilecta.

Con este linaje me dije que no podía fallar esta vez, aunque eso no habría que hacerlo público, porque pasaría como un mentiroso o peor aún, daría motivo a los instructores para que me traten con mas “cariño”, ya que en esa escuela no había nietecito de Tarzan ni niño muerto, así que mejor callado boca y punto.

Como era de esperarse, nos recibieron a los sesenta entusiastas aspirantes a comandos con los brazos abiertos. Festín para los instructores. Creo que lo primero que escuche fue, “Acá no se regalan Boinas Verdes.” Lo teníamos claro, esto era cosa seria.

Lo primero que hicieron fue bautizarnos en el “Rio Jordán”, (que era el desagüe de todos los servicios higiénicos del cuartel), ponernos frente al mar y ofrecer nuestros cuerpos y alma a  Neptuno, Dios del mar, según la mitología griega.

Otra orden que recibimos también era que estaba prohibido “caminar”. Ustedes dirán, y cómo es eso? Pues que a partir de ese primer día, hasta que termine el curso, teníamos que estar trotando, por lo menos a la vista de los instructores, de lo contrario: Al agua!!

Uno a uno fueron pasando los días, y uno a uno también fueron dimitiendo los aspirantes. Se iban algunos amigos, quienes por justamente me había metido en esto. Me daba rabia que cada vez quedáramos menos, especialmente porque a menos gente, mayor control de los instructores, lo cual eliminaba los chances de pasar desapercibido y evitar un castigo personalizado.

A la semana más o menos ya quedábamos como veinte, y fue entonces que los instructores pararon un poco la mano. El filtro estaba hecho y me imagino que habrán pensado que a partir de ese día empezarían a tocar la parte teórica.

De todas formas, eso no nos daba ninguna garantía de trato amable, visto a que la escuela anterior culmino con solo cuatro hombres. Si, por más difícil de creer que parezca, esa escuela (promoción 1983), se había graduado con solo cuatro “sobrevivientes” y habían tenido como doce instructores. Se podría decir que nuestra promoción era una de las más numerosas, ya que las anteriores no llegaban a doce o diez hombres, y la menos numerosa fue la antes mencionada.

… Continúa en parte 3

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