Boris Vera | Era el último día de clases, la clausura de la Secundaria. Las preguntas venían por si solas: Que vas a hacer ahora? A que universidad iras? Te vas a alguna escuela militar? “No sé”, les respondí. Quería estudiar idiomas en algún instituto, aunque también me llamaba la atención ser policía, como de la antigua Policía de Investigaciones (PIP). El de andar encubierto e infiltrarme en organizaciones de narcos me sugería cierta emoción, tal como se veía en las películas, (las de final feliz por supuesto). “Ya veré”, simplemente les dije, y así con esas interrogantes me despedí de mis amigos de toda la vida con un triste adiós.
Pasaron los días, y a mi padre, que había sido soldado en el Ejército, le gustaba la idea que siga una escuela militar. “Pero ahí no enseñan idiomas”, le dije, “No me interesa.” Mi padre entonces sugirió que probara suerte en la Escuela Técnica de la Marina, donde se viajaba mucho y donde además podría estudiar los idiomas que quisiera, advirtiéndome sobre la Escuela de Oficiales, la cual era una institución muy clasista: había que tener ojos verdes o azules, y / o tener apellidos ingleses o italianos, lo que era muy fácil de comprobar al leer en los diarios de la fecha los nombres de las autoridades navales, febrero de 1981.
Así fue como en un buen día me propuse postular a la Escuela Técnica de la Marina, advertido ya de no perder el tiempo en intentar la oficialidad naval. Recibí mi prospecto, que era como una revista en la cual se describían cada una de las especialidades que ofrecía la escuela. Todas las carreras me parecían aburridas; por ningún lado encontré que alguna enseñara idiomas, así que entre hoja y hoja descubrí que había una especialidad llamada Demolición Submarina (hoy Fuerza de Operaciones Especiales, FOES), la cual hablaba de hombres especiales, de buzos, de paracaidistas, etc. Eso me detuvo en la página. Lo pensé un poco y dije: Todas estas son aburridas, a lo mejor acá hay un poco de emoción. Ya los idiomas los aprenderé por mi cuenta más adelante.
Postulamos ese año casi 2000 jóvenes. Pasamos los exámenes de rigor, escrito, oral, físico, entrevistas y al final ingresamos 400. Conseguí el puesto 24 y tenía la opción de elegir la especialidad que quisiera gracias a mi buen puntaje. Cuando comente entre los amigos que postulaban conmigo el puesto alcanzado, me preguntaban si era tonto por no elegir la especialidad de electrónica, o alguna otra que me diera beneficios en la vida civil, pero como ya tenía en la cabeza ser Demoledor Submarino por lo antes leído (y las bonitas fotos con las que te endulzaban en el prospecto), seguí en mis trece y continúe adelante.
Al llegar a casa y darle la buena noticia a mi padre, y también la mala porque había que desembolsar 2000 soles para pagar mi internamiento lo antes posible, se armo un jaleo, ya que mi querido Papa no había pensado que fuera tan listo para conseguir ingresar a la Marina en el primer intento, así que había que sacar dinero de donde sea.
Tras dos meses de entrenamiento en el curso de Demolición, me dije un día, Que coño hago acá? Tenía 17 años y esto no era para un muchacho que recién empezaba la vida. Andaba mojado todo el día, cansado de tanto ejercicio y ya estaba hasta las narices. Como era de esperarse, mande a tomar por el culo aquel curso y toque la campana de retirada como estilan en esa Escuela, tan fuerte como mis ganas de regresar a una vida acorde con mi adolescencia. Acción que, por cierto, es una copia fiel de los comandos americanos (SEALS) de que quien se retira, deberá tocar la campana. No es exclusividad esa tradición de nuestros amigos FOES.
Regresando a mi condición de excluido por motu propio, llegue a las oficinas de la Escuela. Me dieron tres opciones: Te reintegras a la escuela de Infantería de Marina, a la escuela de Policía Naval, o te vas a tu casa, me dijeron. Lo pensé un poco. “Policía naval ni de a vainas,” me dije. Encima, la abreviación de su especialidad era PN, que al leer suena a PENE, y eso era muy grotesco. Irme a mi casa? Tampoco me gustaba la idea, me habían hecho tantas fiestas de despedida que no era dable regresar con las manos vacías. Solo me quedaba una última opción: Infantería de Marina, y esa misma respuesta fue la que escucho el Comandante que estaba al frente mío. Se podría decir que entre por la ventana a esta gloriosa unidad de la Marina.
… Continúa Parte 2



Brillante testimonio, lleno de anecdotas muy coloquiales que pasaste en tu calificacion de COANF. La Cia de Comandos tenia en Samuel Puch un instructor indomable y todos los que lo conocimos sabiamos de esa personalidad infranqueable. Muchos como èl representan a una gran generacion de Infantes de Marina COANF que le dieron un soporte historico a la historia de nuestra Fuerza. Ser Comando Anfibio era un privilegio ganado a pulso y en condiciones muy duras de entrenamiento,al cual les diò a muchos una personalidad e impronta profesional al conducir las Operaciones de combate en cualquier mision encomendada, como tambien a otros una exaltacion de su figura en forma arrogante y de actitudes desafortunadas que mellaban su imagen,pero esos fueron pocos, a los muchos que todos los que estuvimos en la Fuerza nos trae su recuerdo vibrante de su accionar como COANF. En cada patrulla en Zona de emergencia los COANF guiaban y aseguraban a traves de su presencia una garantia de seguridad y de buen accionar de las operaciones.Los COANF tienen los heroes contemporaneos de la Infanteria de Marina al cual ha sido un orgullo haberlos conocido, ellos estan en el altar de nuestro corazòn.Brillante articulo y tambien a traves de este comentario saludarte y decirte que fue un orgullo conocerte profesionalmente y saber de tu gran valor como Comando Anfibio.
buen post del ex-comando Boris, sus inicios, sus xperiencias…todo un sr.comando!!!ese es mi tìo!!!