Basenaval.com (Boris Vera) | Por los años 80, el terrorismo arreciaba en el Perú, ganando terreno al gobierno y asesinando mucha gente inocente en las inhóspitas alturas de la serranía, la policía no daba resultados y no había como hacerle frente a las huestes de la sanguinaria agrupación Sendero Luminoso, el gobierno miró al lado y vio a la Infantería de Marina como su salvavidas.
Es así que se formaron los destacamentos que harían frente en la ya denominada Zona de Emergencia , en el departamento de Ayacucho, estas Unidades de combate serían llamadas “Caimanes”, tanto así que el primer vuelo se llamó Caimán 1, luego el Caimán 2 y así sucesivamente.
Me tocó conformar el Caimán 3, ya habíamos tenido 3 bajas e inaugurado la galería de héroes contemporáneos de nuestra Marina, aun siendo alumno Infante pude oír en el aeropuerto de Ayacucho cuando organizaban las patrullas, una discusión entre Oficiales que se disputaban a los Comandos Anfibios, sobre quien tenía más Coanf en su lista, la conversación era más o menos asi:
(Tte 1) Porque carajo te llevas a dos Coanf y me dejas solo con uno!!!
(Tte 2) Señor, es que en el pueblo al que voy ya hubieron bajas, y los necesito!!!
(Tte 1) No jodas, es una orden y punto!!!
Algo así pude rescatar de esa “conversación”, y Yo me dije, que tanta vaina por un comando que otro??? todos somos Infantes de Marina y peleamos igual, claro, aun era alumno Infante y no sabía lo que era ser uno de ellos, no es que sean mejores o peores, sino que toda la confianza y responsabilidad siempre recaía sobre un Coanf y eso recién lo pude saber cuándo me convertí en uno de ellos.
Ya luego de tres caimanes como Infante, llegué al Caimán 17 como un Coanf y me enviaron al pueblo de Luciana, antiguo fundo que luego fue tomado como base contraguerrilla de la Infantería de Marina, el ambiente estaba caliente, era ceja de selva, habíamos dejado las heladas cumbres de los andes en manos del Ejército y ahora a seguir dando pelea a los delincuentes terroristas en la difícil selva ayacuchana.
Una tarde soleada, los integrantes de mi patrulla me comentaron que visitaban a una señora campesina que sabía leer la suerte con hojas de coca, que era muy acertada y que tenía que ir a verla, no crean en cojudeces les dije, eso no es más que una manera de perder el tiempo, al final de tanta insistencia terminé yendo donde la bendita “bruja”.
La lectura de la suerte en hojas de coca es ancestral en el Perú, la practican Chamanes y brujos unos más acertados y otros estafadores, pero esta señora era de las primeras, y bueno, acudí a la cita rodeado de los curiosos Grumetes de mi patrulla a ver que me decía, lo primero acertó con todo mi pasado, faltaba el futuro, eso era lo más atractivo creo Yo, al final quedé preocupado, me dijo que en nuestra base iba a pasar algo feo, algo que no me podía decir y que mejor era dejarlo ahí.
Le insistí, que ya que estaba ahí que me diga de una buena vez que iba a pasar, me dijo que no salga mucho por el pueblo, ni Yo ni el resto de patrullas, es más, me dijo que al día siguiente era más que fijo que algo raro veía entre sus hojas de coca. Le agradecí su tiempo, le dejé una propina y adiós, a seguir con la rutina.
Todos los días salía al pueblo un jeep a la compra del mercado, el camino era de tierra y tomaba 10 o 15 minutos, solo iban cinco Infantes incluido el conductor, al día siguiente de la visita a la “bruja” me nombran a que vaya a la compra, bueno, yo ya me había olvidado del asunto y así lo recordase iba si o si.
Tomé mi fusil y los cuatro demás integrantes de mi patrulla salimos en el vehículo a traer la comida de la base, el trayecto normal como siempre, la gente saludándote por todo el camino, rutina diaria. Al llegar al pueblo (Santa Rosa), estacionamos el jeep y me fui a una farmacia antes del mercado, necesitaba algo para el resfrío, dejé al conductor y uno más en el vehículo y los otros dos muchachos se quedaron en la puerta de la farmacia, cuidándome las espaldas.
Ese momento de preguntar por el fármaco me tomaría pocos segundos, no sé cuantos, pero pocos, igual me distraje, hasta que un niño muy pequeño, me tocó la cintura y me hizo una señal que alguien venia a por Mí, giré mi cabeza tan rápido como pude y vi a un joven, de unos 15 años, con un arma a punto de dispararme por la espalda, Madre mía!!! dije, parece que el joven terrorista al verse descubierto se lleno de nervios, desistió y partió a la carrera, lo seguí apuntándolo con mi fusil y al meterse entre la gente, por evitar herir a inocentes, solo atiné a regresar y buscar a los demás.
Como era de esperarse, los buenos muchachos estaban en la esquina de la farmacia, en una amena conversación con dos muchachas del lugar, y por supuesto, no sabían nada de lo que había estado pasando. Cancelamos la compra en el mercado y fugamos hacia la base antes que nos aniquilen a todos. Sabíamos por inteligencia, que un novato aprendiz de terrorista, se “graduaba” matando a un militar o policía, y esa tarde Yo era el motivo de su fin de curso.
Desde aquel evento tengo un gran dilema, no se si creer en brujas o tal vez sería mejor pensar que el niño que me avisó era mi Ángel de la Guarda.



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